Después de leer durante todo un semestre pura so-called alta Literatura, lo único que quería para estas vacaciones era leer un buen bestseller que me atrapara, me entretuviera y me despejara el cerebro de tanto análisis literario serio. Sin embargo, no conté con que al momento de sacar los cinco libros a los que tengo derecho como estudiante de la UNAM me iba a encontrar en un predicamento por demás aterrador: no encontraba títulos de bestsellers que quisiera leer. Buscaba y buscaba por lo más recóndito de mi mente algún título de libro simple que tuviera ganas de leer y nada. Paseé por los estantes de las bibliotecas buscando algo que se me antojara y no podía evitar asomarme a los anaqueles de Jane Austen, Virginia Woolf, Sylvia Plath, Doris Lessing, etc. ¿Qué autores me han recomendado y no he leído hasta ahora? Y saltaron apellidos como Bukowski, Haney, Naipaul e incluso Sebald.
De la forma en que buscara no encontraba nada que me llamara la atención. Incluso cuando busqué en mi lista de libros que quería leer desde hace siglos seguían saliendo apellidos de escritores serios y respetables. Nada divertido, simple y banal. “¿Algo de Reverte?” me pregunté pero inmediatamente negué con la cabeza. Porque además tenía que considerar otra cosa: no debía ser algo en inglés –o de escritor inglés-. El chiste de las vacaciones es –según yo- romper con la rutina diaria y el inglés se ha vuelto bastante rutinario para este estudiante de Letras Inglesas. Pero incluso en esta búsqueda de autores no angloparlantes salían apellidos como Apollinaire o Cocteau.
Después de mucho deambular me di por vencido y obedecí a esa vocecita molesta que me llevó a sacar The Golden Notebook de Doris Lessing, Mansfield Park de Jane Austen y The Swimming Pool Library de Alan Hollinghurst en una biblioteca y Queer: A novel de William S. Burroughs y La Ley de Herodes de Jorge Ibargüengoitia –mi único destello de lucidez- en la otra. O sea, me esperaban unas vacaciones llenas de literatura simplona [sic].
No podía evitar mentarme la madre mentalmente cada vez que pasaba junto a la pila de libros que me observaban retadores uno encima del otro mientras en la traición a mis planes que había perpetuado al haberlos sacado en lugar de algo tan ligero como la leche Light. Así viví uno, dos y tres días hasta que una amiga me recomendó primero, después me pidió y finalmente me ordenó que leyera la serie Twilight de Stephenie Meyer porque, según ella, es “simplemente fabulosa, la mejor".
Hice lo posible por negarme argumentando primero carencia de un soporte económico para gastar en libros que no me llamaran fuertemente la atención y después diciéndome que había quedado en no leer libros en inglés. No obstante, un día mientras pasaba por un Sanborns, lo encontré en la sección de Bestsellers. “Es el ineludible destino” me dije no sólo porque me topé de frente con él, sino porque también llevaba dinero suficiente para adquirirlo. Así que, a querer y sin ganas, lo llevé a la caja y lo compré.
Debo admitir que por pura curiosidad inmediatemente hice a un lado Mansfield Park y comencé a leer Twilight. Hasta ahora no he parado. Y es que, como le dije a mi amiga recomendadora, no se me hace un libro que esté excelentemente bien escrito, existen muchos errores de temporalidad, el vocabulario de la escritora es más bien limitado y la personaja principal carece de peso. Pero también es cierto que la trama es harto entretenida, existen personajes seductores -¡Oh, Edward!- y en general, cumple con la función de un buen bestseller de la mejor manera: hacerme pasar las vacaciones –al menos una semana- entretenido leyendo y gritando como pubescente cada vez que aparece Edward Cullen en escena.