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31 May 2009 @ 11:08 pm
Y de pronto me doy cuenta de que no he crecido nada.
 
 
16 January 2009 @ 10:36 pm

You can't make friends with a squirrel. Squirrels are just rats with cuter outfits.
CARRIE BRADSHAW, Sex and the City.


Mis vacaciones están a punto de llegar a su final. En dos semanas tendré que regresar a la universidad y, aunque realmente estoy emocionado por volver a tomar algunas materias, debo admitir que tener que reorganizar mi horario de sueño, manejar cuatro horas al día y tener que aguantar largas jornadas de clases en lugar de seguir despertándome a la una de la tarde, sólo salir de mi casa cuando quiero y usar la computadora hasta vomitar sigue sin parecerme atractivo. Las vacaciones para mí son muy importantes porque sé que va a haber un punto en el semestre en el que diga “necesito vacaciones” pero, para que éstas se conviertan en un consuelo para mi sufrimiento, deben estar cargadas de verdadero goce. Es por eso que siempre trato de disfrutarlas al máximo y nunca dejo que alguien se interponga entre mi descanso y yo.

Este mes que he tenido libre ha sido particularmente agradable porque realmente tuve la oportunidad de relajarme al máximo. Las primeras dos semanas fueron básicamente leer libros que quería, usar la computadora, ir al cine, comer y dormir. Nada más. En cambio estas dos últimas semanas cambiaron un poco. Para empezar, el próximo semestre tendré que entrar habiendo ya leído cuatro novelas –una de ellas con el tamaño de dos largas- así que tuve que hacer a un lado mis lecturas por placer –que tanto placer me causaban- para volver a “lo-que-tengo-que-leer”. Asimismo, hubo otro cambio que me hizo dejar a un lado la computadora para convertirse en mi gran placer de estas dos últimas semanas: la tercera, cuarta y quinta temporadas de Sex and the City.

Yo seguía pensando que algún día compraría la caja con las seis temporadas completas pero, ¿cómo decir que no a tan magnífico regalo? En cuanto me las regalaron comencé a verlas y no dejé de hacerlo hasta que terminé los ocho discos que forman en total. Simplemente adoro esa serie y eso que no me considero fanático de la televisión. Sólo Sex and the City ha tenido la capacidad de mantenerme despierto hasta la media noche entre semana cuando, en preparatoria, al día siguiente debía levantarme a las cinco de la mañana. No sé si es el hecho de que Nueva York –mi ciudad favorita en el mundo aunque no aún haya ido- sea el gran escenario o si sea el humor medio inteligente, medio chick flick o si sea la manera en que cada capítulo parece retratar lo que todo el mundo vive –aunque sólo sea así en uno de cada temporada-. Lo único que sé es que me encanta esta serie, puedo ver un capítulo tres veces seguidas y no me aburro. Amo la narración en off de Sarah Jessica “Carrie” Parker, el humor ácido de Miranda, la necesidad de conseguir marido de Charlotte y el cinismo con el que Samanta habla sobre sexo pero sobre todo, amo la manera en que los cuatro personajes se llevan.

Eso es lo que más me gusta de la serie, la manera en que pintan este grupo de cuatro amigas que, sin importar los problemas que tengan, al final siempre siguen unidas, aceptando las diferencias que hay entre ellas y, de esa manera, complementándose. Al final para mí todo el sex talking y la moda y los problemas amorosos son puro relleno, lo que me llama fuertemente la atención siempre ha sido –y parece que será- ese grupo de cuatro amigas conviviendo en el desayuno del sábado. Según yo, el nirvana de la amistad.

Tal vez es por eso que, en todas las etapas de mi vida en que me he acercado a esta serie, no he podido evitar mirar a mi alrededor y analizar al grupo social en el que me encuentro en ese momento. En la secundaria, por ejemplo, siempre fui el amigo que daba todo pero que no recibía nada a cambio. En la preparatoria, en cambio, me fui al otro extremo y dejé de dar para esperar sólo atención. Con algunas personas seguí siendo incondicional pero no de la manera en que antes solía ser. En esta época fue donde aprendí a dejar de preocuparme demasiado por los demás y a concentrarme en mí. Buena herramienta, difícil y filosa pero útil.

En cambio ahora que ya tengo veinte años, que estoy a la mitad de la carrera, y que se supone debería ser más maduro que antes –aunque sea un poquito- estoy en el limbo de las relaciones amistosas. Parece que no he aprendido nada porque no sé como reaccionar a un vínculo afectivo. Lo peor de todo es que no volví a mis dramas secundarianos en los que, cuando un amigo no me hablaba llegaba a mi casa llorando, pero tampoco soy ese que, cuando un amigo de preparatoria llegaba llorando pidiéndome un consejo le decía “no te me acerques hasta que dejes de llorar”. En este momento soy una extraña mezcla de ambos, con algunas personas soy débil, con otras demasiado pesado. No sé medir los niveles de fuerza que debo utilizar al tratar a cada quien y, mientras que con algunos cometo estupideces y digo cosas feas, a otros los trato con pinzas porque “no se vaya a enojar”.

Por eso es que agradezco tener no tres amigas que me entiendan y acepten con todos mis problemas emocionales sino muchos amigos. Agradezco tener amigos que me soportan cuando estoy de mal humor y hacen bromas para hacerme sentir bien; que me saben explicar teorías filosóficas complicadísimas con palabras que entiendo y, en el camino, me hacen reír; que me perdonan después de un año sin hablarnos y aceptan leer mis ensayos y corregirlos a las tres de la mañana a mitad de periodo vacacional; que se quedan platicando conmigo en Internet hasta las tres de la mañana sobre cuál es la mejor película animada de la posguerra. Agradezco tener amigos que me mandan mensajes de aliento cuando saben que no me siento bien, que me entretienen contándome sobre su vida sexual, que me leen las cartas y maquillan el destino trágico que me espera. Pero sobre todo, agradezco tener amigos que me soportan y que me quieren como soy.

Lo único malo es que, de vez en cuando, se cuelan amigos que lo único que hacen es contactarme cuando necesitan que les devuelva un libro, me hacen atascarme una hora y media en el tráfico y ni un café aceptan tomarse porque “ya me tengo que ir”. Aunque creo que también eso ayuda a que me guste Sex and the City. La selección musical es perfecta para traer en el iPod y ponerla cuando te alejas de esa gente cantando “Can't you see, life's easy / If you consider things / From another point of view”.


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01 January 2009 @ 12:00 am

 

books and movies of 2009Collapse )
 
 

Are you quite certain that you can be happy with him?
JANE AUSTEN, Pride and Prejudice.


Algo que no soporto es que me levanten antes de que mi reloj biológico lo haga. No me importa si es asunto seguridad nacional, a mí me da igual. Antes de las diez y media de la mañana yo no estoy para nadie. Por eso es que hoy, al escuchar entre sueños cómo vibraba mi celular casi me infarto. “¿Quién se atreve a despertarme a esta hora de la madrugada?” –¡de acuerdo con mi iPod eran las nueve!- fue lo primero que pensé. Traté de alcanzar el celular que estaba sacudiéndose sobre mi mesita de dormir pero no pude. Tuve que enderezarme para poder agarrarlo y ver que no era una llamada, era un mensaje. “Maldito sea quien lo haya enviado” sentencié sin saber que una vez leído, tendría que morderme la lengua, agachar la cabeza y pedir disculpas: “Que tengas un magnífico día. Gracias por darme otra oportunidad”.

Después de eso ya no pude volver a dormir pero no me importó. Hacía mucho que nadie, que no fuera mi mamá, me mandaba un mensaje de buenos días. La sensación fue tan placentera como la recordaba. Todo lo que había antes del punto y seguido -a pesar de sonar trillado- me hizo sentir bien. Sin embargo, la oración que venía después me dejó pensando. Ese “gracias por darme otra oportunidad”, a pesar de ser una sentencia corta, activó de inmediato mi necesidad de analizar –a pesar de la hora- lo ocurrido desde que, exactamente una semana antes, recibí no un mensaje de texto sino una llamada que, sigo sin saber por qué, contesté. Lo peor es que no sólo contesté, también acepté ir a su casa a platicar y a hacer el ridículo.

Ridículo que comencé a hacer desde que llegué y me quedé como pasmado viéndolo sin decir nada, tratando de articular cualquier palabra pero sin ningún resultado. A mí defensa diré que fue el efecto de sorpresa por no haberlo visto desde aquel día de los gritos en Periférico. Por suerte él habló primero dando tiempo a mi cerebro para que regresara a su estado normal permitiendo que pudiera volver a hablar y a caminar, directo y sin escalas, a la boca del lobo –y no, no llevaba ninguna caperuza colorada, lo juro, hasta toqué mi cabeza para confirmarlo-.

Inocentemente Lobo me ofreció algo de tomar, luego me preguntó por la escuela y finalmente dijo, creo que ya no tan inocentemente, “me da gusto volverte a ver”. Esas simples palabras cambiaron los papeles, el que hasta entonces era Caperuzo se convirtió en Lobo y Lobo en Caperuzo. Mi primer impulso fue tirarlo al suelo y arrancarle la cabeza pero no tenía con qué –además de que mi superyó me frenó- así que sólo solté una de esas risas entrecortadas que, más que dirigidas a algún agente externo, van hacia mí cuando me doy cuenta de lo pendejo que soy. Luego decidí que lo mejor era calmarme, o, lo que es lo mismo, salir de ese lugar e irme a cualquier lugar con paredes para pegarme en ellas y estaba a punto de hacerlo pero él no me dejó. Me pidió que no me fuera y, nuevamente no sé por qué, me quedé... con una condición: que no habláramos -el que casi no se traumó con Die Große Stille-.

Aquí creo que ya es imposible disfrazar hasta qué punto tengo retraso mental. Ni un historial clínico podría demostrarlo con tanta eficacia. Lo “interesante” es que, contra todo pronóstico –incluso el mío-, mi condición funcionó bien. Lo único que hicimos fue ver una película que a mí me provocó risa en momentos en que no debía -¿cómo no reírme con un diálogo como “There's a moment, there's always a moment, "I can do this, I can give into this, or I can resist it", and I don't know when your moment was, but I bet you there was one”?- y a él momentos de profunda incomodidad no sé si por los diálogos o por mi risa. Después de eso sólo un “nos vemos” y adiós, o más bien "à tout à l’heure" porque el sábado nos vimos de nuevo.

Ni modo, qué le voy a hacer, soy estúpido, ya lo sé. Nunca debí contestar la llamada, abrir mi celular y decir “¿bueno?”. Eso desencadenó la salida a desayunar del sábado –que culminó con un buen regalo para mí-, los mensajes en la tarde del mismo día, el domingo sin saber de él pero lleno de consejos de amigos de “vuelve con él, nada pierdes” y finalmente el lunes de “we are back”. Todavía no sé sí tomé la decisión correcta. Debo admitir que tengo miedo de que vuelva a pasar lo que pasó pero cuando lo veo a los ojos no me puedo controlar, sé que lo que yo sentía ahí está. No sé si a él le pase lo mismo. Lo único que sé, dentro de mi estupidez, es que, si estoy con él, tal vez me olvide de Él.


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13 November 2008 @ 09:02 pm

On ne naît pas femme: on le devient.
SIMONE DE BEAUVOIR, Le deuxième sexe.


Cuando me invitaron, acepté sin titubear. Aunque el viaje se antojaba inmensamente largo –y terminó siéndolo porque, para variar, me perdí al no seguir las instrucciones puntuales que me habían dado y en cambio hice caso a mi GPS mental-, la idea de ver la película una semana antes que todo el mundo era más poderosa. Además era jueves y los jueves generalmente no hago nada así que ver aunque sea por unas horas a Brenda y platicar con ella también era un buen aliciente para aceptar el reto de llegar a casi Santa Fe desde CU en una hora.

Y lo hice, claro que sí. Aunque tal vez debí haber llegado un poco más tarde porque con lo que me encontré fue aterrador. Digno de análisis -psiquiátrico- me atrevería a decir. El lobby del cine estaba ocupado por grupos de mujeres, muchas mujeres –todas mujeres- hablando entre sí, riendo nerviosas, consumiendo bebidas y revisando el reloj de su muñeca cada cinco minutos. Al principio traté de no hacer caso al hecho de que era uno de los dos únicos hombres en el lugar. Además estaba con Brenda y, como siempre, la conversación fluía divertida y sin problemas. “¿Por qué prestar atención a la jauría de mujeres antes de tiempo?” me dije. “Sólo están hablando”, agregué.

Claro, tuve que ponerles atención una vez que uno de los grupos se dirigió a Brenda –que es algo así como la reina abeja del fandom mexicano de Twilight- y no se separó de nosotros hasta que entramos a la sala. Y no es que me moleste hablar con mujeres, en absoluto. Tengo muchas amigas mujeres –de hecho tengo más amigas mujeres que hombres- pero una cosa es estar con dos o tres a la vez y otra cosa es observar como se comportan doce. Las cosas se ponen mucho más pesadas, hablan de cosas que yo nunca imaginé… como del ginecólogo. Digo, yo sé que todas las mujeres van pero una cosa es saber en abstracto y otra cosa enterarse de los detalles “graciosos” que les ocurren behind closed doors. Lo peor de todo es que mi presencia no las incomodaba porque yo era básicamente la minoría –hasta pasó por mi mente contar algunas anécdotas chuscas de mi última visita imaginaria al ginecólogo sólo para no estar tan fuera de lugar-.

Después de casi una hora en la que estuvimos esperando a que nos dejaran entrar a la sala y un frappe que sólo sabía a hielo, la función comenzó y el verdadero terror comenzó. Los gritos emitidos cuando apareció el logo de la película en la pantalla no fueron nada en comparación de los que se emitieron la primera vez en que Kristen Stewart entró a cuadro y éstos a su vez no pasaron a ser más que simples lloriqueos de niñas tontas cuando Robert Pattinson apareció por primera vez en la pantalla.

De ahí al final de la película de lo único que supe fue de las fantasía sexuales de las que estaban a mi izquierda y es que no había momento en que no gritaran: que a Bella y a su papá les llevaban de comer hamburguesa y papas a la francesa, gritos; que si Edward se agarraba el cabello, gritos; que si la pantalla se ponía en negro, gritos. Pero lo peor de todo es que ¡se ponían a platicar con la película! Por ejemplo, si Edward decía “I don’t want to hurt you”, la solterona de la derecha gritaba “a mí sí puedes lastimarme todo lo que quieras”. Aterrador, verdaderamente aterrador.

Saber que existe gente que pueda perder de esa forma el control me provoca escalofríos porque estoy seguro de que lo que les provocaba esos accesos de locura no era la película en sí. Yo sé de fanatismo por una serie de películas -un día después de “aprender” a poner segunda en mi coche, que tenía dos días de comprado, me atreví a manejar en Periférico por ver Harry Potter a las doce de la noche- pero esto va más allá. No puedo evitar imaginarme a todas aquellas mujeres que leen novelas de Linda Howard y al cerrar el libro suspiran pensando “¿cuándo me pasará algo así?”.

Pero no, no estoy hablando del consumo de junk literature sino de las necesidades que estos tipos de textos tratan de cubrir en la mente de estas mujeres, de cómo estos libros son una especie de analgésico para calmar muy probablemente todos aquellas relaciones fallidas que han dejado huellas severas en su persona y que, a la menor provocación –como es el movimiento de una persona por muy Robert Pattinson que éste sea-, salen de manera inconsciente así sea en lugares públicos.

Bendito sea Dios la película sólo dura dos horas [sic] así que no tuve tiempo ni para tratar de encontrar el hilo negro al comportamiento psicótico de la asistentes ni para yo psicotizarme por los gritos de éstas. En cambio sí tuvimos tiempo para después ir a comer hamburguesa y papas a la francesa –si algo me dejó la película es un profundo aprecio por este “platillo”-, platicar mucho, burlarnos tanto de las fans dementes como de los libros y la película y, ya de paso, de dejar que se llevaran mi coche al corralón por estacionarlo en un lugar prohibido.